La vida en el siglo XXI es de lo más estresante… Bueno, vale, asomar la nariz por la entrada de la caverna, allá en la prehistoria, y que te la mordiese un tigre dientes de sable tampoco debía ser muy relajado, pero ¡ostras! que ya no hay tigres de esos ¿No podríamos tranquilizarnos un pelín?
Parece que no… Resulta que, a los seres humanos, por lo que sea, nos encanta complicarnos la vida y como ya no hay mamuts, ni espadas de hierro de un kilo que te podían partir por la mitad, ni tenemos que vivir en casas de paja y adobe (al menos en eso que llamamos tan alegremente “el mundo desarrollado”, ay qué risa tía Felisa) pues eso, que hemos encontrado nuevas formas de convertir nuestra existencia en una carrera de obstáculos en la que como no seas capaz de saltarlos todos con un doble mortal atrás con triple giro y tirabuzón carpado eres un fracaso de ser humano.
Yo, por aquello de llamarme Sofía (además de Carmen) y llevar el afán por saber hasta en el nombre, no puedo evitar tratar de formarme, aprender, entender… Así que leo y leo y leo y escucho conferencias, y charlas y podcast de gentes que saben mucho más que yo de todo lo habido y por haber. E intento poner en práctica todo lo que aprendo, leo y escucho, por aquello de intentar ser mejor persona, mejor madre, mejor amiga, mejor profesional y mejor todo… mientras me empeño en vivir eso que se llama una vida con sentido, que es a lo que todos deberíamos aspirar… sin morir en el intento.
Después de darle muchas vueltas al tema (que soy yo muy de darle vueltas a los temas) me doy cuenta de que para poner en práctica tantos valiosísimos aprendizajes, consejos e informaciones varias, necesitaríamos que los días tuviesen 56 horas, 27 minutos y 14 segundos, que lo he calculado (los 14 segundos son los que se tardan en recolocarte en la cama y echarte por encima el edredón).
Y ¿sabéis qué? Resulta que los muy hijos de Cronos sólo tienen 24 horas. 24!! Y hay que dormir mínimo 7, con lo cual te quedan 17 horas operativas, en el mejor de los casos, de las cuales 8 estás trabajando (con suerte), otras 2 entre que vas y vienes del trabajo, otra se te va en hacer la compra, recados varios. Y una hora de gimnasio, o correr, o andar o lo que puedas (porque estarás haciendo ejercicio, ¿no?). Y tienes que hacer vídeos, colgar reels, stories (la gente está en un sinvivir esperando que les cuentes qué has desayunado hoy); y hacer scroll, mucho scroll, no sea que te estés perdiendo algo de lo que pasa en las redes. Y, por supuesto, como poco otras dos tienes que invertirlas en escuchar podcasts, aunque es cierto que puedes entregarte a la multitarea y escucharlos mientras haces sentadillas, burpees y escaladores cruzados. Para el cardio puedes ponerte la bici estática en la cocina y darle a los pedales mientras cortas la cebolla y las zanahorias para las lentejas veggie (con los auriculares puestos, por supuesto, no te olvides de que estabas escuchando un podcast).
Llamadme loca, pero a mí esto me agobia mogollón y dudo que sea la única. Así que, tras largas y sesudas consideraciones he llegado a la conclusión de que la mayoría de las personas (buenas personas, personas inteligentes, consecuentes y con inquietudes); personas que queremos de verdad vivir una vida con sentido, entre que lo encontramos y no, la realidad es que HACEMOS LO QUE PODEMOS.